La Historia de “Tzví Migdal”- La Más Grande Red de Prostíbulos Judíos En El Mundo | Beit Hatfutsot
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La Historia de “Tzví Migdal”- La Más Grande Red de Prostíbulos Judíos En El Mundo

A fines del Siglo XIX, la palabra “América” tenía un efecto casi mágico sobre el alma de los judíos que se aglomeraban entre el Océano Báltico y el Mar Negro. Ellos no discernían sobre de cuál América se trataba, si la del Norte o la del Sur. América no era para ellos un punto geográfico en el mapa, sino una quimera, un lugar en el cual los justos se sientan y ciernen coronas de dólares sobre sus cabezas. El Premio Nobel de Literatura, Isaac Bashevis Singer, escribió en su biografía, que los judíos de Europa Oriental estaban convencidos de que en América se puede comer todos los días una naranja. Hasta tal punto.

Pero, hubo un grupo de mujeres judías para quienes América no fue para ellas la puerta de entrada al Paraíso, sino uno de los círculos del infierno. Para estas mujeres, la “América de Arriba”, sobre la cual soñaban en las noches heladas de Rusia, era el negativo de la América real, “América de Abajo”, a la cual arribaron de hecho durante la gran ola de emigración desde Europa Oriental, a principios del Siglo XX.

No es que en América del Norte la situación de las mujeres era un “paseo por el parque”, pero nuestra historia se enfoca esta vez en América del Sur. Más exactamente, en Argentina, y en su capital, Buenos Aires, el lugar en el cual se escribió uno de los capítulos más bochornosos e impactantes de la historia judía moderna.

 

Las mujeres eran conducidas a una casa que pertenecía a la organización, allí eran obligadas a desvestirse, mientras las miradas de los proxenetas observaban sus cuerpos y lastimaban sus almas. Y así, estando desnudas, las jóvenes eran vendidas en subasta pública en condición de esclavas sexuales. (Foto de “Los Impuros”, Casis Films).

Las mujeres eran conducidas a una casa que pertenecía a la organización, allí eran obligadas a desvestirse, mientras las miradas de los proxenetas observaban sus cuerpos y lastimaban sus almas. Y así, estando desnudas, las jóvenes eran vendidas en subasta pública en condición de esclavas sexuales. (Foto de “Los Impuros”, Casis Films).

Como sucede casi siempre, eran fríos cálculos económicos de oferta y demanda que condujeron al oprobio. A fines del siglo XIX, Argentina se convirtió en una de las economías líderes en el mundo, y hasta recibió el apodo de “Granero del Mundo”, gracias a su prodigiosa producción agrícola. Rápidamente, el país del tango recibió un aluvión de inmigrantes y, entre ellos, a muchos judíos. Los números hablan de por sí. En 1985, habitaban en el país unos 6.000 judíos, y en menos de veinte años después, en 1914, ya eran alrededor de 117.000. La que experimentó un crecimiento increíble fue la ciudad de Buenos Aires, a la cual se dirigieron no sólo los judíos, sino también multitudes de inmigrantes provenientes de todas partes del mundo. El dato relevante a nuestra historia, es la proporción entre hombres y mujeres que se produjo en la ciudad: había veinte hombres por cada mujer.

Esta fue la señal para mostrar patriotismo y rápidamente proporcionar la mercadería, propiamente hablando. La demanda creciente de mujeres dio origen a la organización “Tzví Migdal” – un poderoso conglomerado de prostíbulos que fue creado por los inmigrantes judíos polacos. “Tzvi Migdal”, llamado así en honor a uno de sus fundadores, fue considerado a principios del Siglo XX, como una de las redes de prostitución más exitosas en América del Sur, con sucursales en todo el mundo – desde Shanghái, pasando por Johannesburgo y hasta Río de Janeiro. En su apogeo, la organización “empleó” a decenas de miles de mujeres, administró unos dos mil prostíbulos y elaboró un mecanismo sumamente organizado, que obedecía a leyes estrictas propias del mundo de la delincuencia. Y todo él judío. Nuestro.

 

Inmigrantes judíos provenientes de Polonia, al bordo del barco “Alcántara”, en dirección a Argentina, 1929 (Beit Hatfutsot, el Centro Oster de Documentación Visual, por gentileza de Itzjak Baum, Tel Aviv).

Inmigrantes judíos provenientes de Polonia, al bordo del barco “Alcántara”, en dirección a Argentina, 1929 (Beit Hatfutsot, el Centro Oster de Documentación Visual, por gentileza de Itzjak Baum, Tel Aviv).

 

El centro principal de la red, se creó en Buenos Aires. Tras la fachada de una organización de caridad, se organizaron un grupo de proxenetas judíos (los llamaban “rufianes”), que vendieron, explotaron y prostituyeron a mujeres judías, y todo ello por dinero. La organización adoptó una estrategia de marketing original. Cada tantas semanas, se enviaba un gentleman judío, con apariencia de una persona gentil y honrada, a las comunidades judías en Europa Oriental. El hombre divulgaba en la comunidad anuncios en los cuales se decía que buscaba “doncellas de buena familia”, para trabajar en las casas de judíos ricos en Argentina, o novias para contraer matrimonio. En aquellos tiempos, la doctrina feminista estaba aún encallada en el embotellamiento patriarcal, y las posibilidades de empleo futuro de una joven judía media en Europa Oriental se limitaban a dos posibilidades: o cuidado de bebés, o ama de casa que criaba sus bebés. No sorprende entonces, que muchas jóvenes respondieron positivamente a los anuncios.

Ya durante el largo viaje marítimo a América del Sur, las jóvenes fueron encarceladas, violadas, golpeadas y pasaron hambre. Los proxenetas judíos lo llamaban a este trato “reeducación”, y los viajes fueron llamados “remonte” – un término tomado del léxico propio del campo del ganado. Una vez que desembarcaron en Buenos Aires, se abrieron aún más las puertas del infierno, y las jóvenes fueron conducidas como se conduce una manada para su degollamiento. Las jóvenes fueron alojadas en una casa que pertenecía a la organización, allí se les obligó a desnudarse, mientras que las miradas de los proxenetas observaban sus cuerpos y lastimaban sus almas. Y así, en cuanto estaban desnudas, las jóvenes eran vendidas en subasta pública como esclavas sexuales. El “ganador” que ofrecía el precio más alto, se llevaba consigo a la pobre muchacha, que desde ese momento se había convertido en su propiedad privada. Entre los invitados permanentes de la subasta, había también gente del gobierno – autoridades, jueces y periodistas – que en su mayoría eran también parte de los clientes.

Las relaciones entre las autoridades de la comunidad judía argentina y los proxenetas eran complicadas. Por un lado, se los llamaba “Los Impuros”, y muchos de los integrantes de la comunidad no querían ningún contacto con ellos, y llamaban a no alquilarles o venderles propiedades. Por otro lado, los proxenetas querían pertenecer a la comunidad, participar en las ceremonias religiosas, en los actos y conmemorar festividades en el marco de la comunidad. Debido a que su mundo de valores comenzaba y terminaba en dinero, pensaron los proxenetas que si donaban dinero a las entidades necesitadas de la comunidad, serían recibidos como miembros de la misma.

 

Proxenetas judíos, que dinero en efectivo no era un problema para ellos, construyeron una lujosa sinagoga en el corazón del barrio judío de Buenos Aires. En el piso térreo, funcionaba la sinagoga, y en el segundo piso, el prostíbulo.

Proxenetas judíos, que dinero en efectivo no era un problema para ellos, construyeron una lujosa sinagoga en el corazón del barrio judío de Buenos Aires. En el piso térreo, funcionaba la sinagoga, y en el segundo piso, el prostíbulo.

 

Al principio les funcionó, hasta que una noche, un conocido activista sionista, llamado Najum Sorkin, se plantó frente al teatro judío y les prohibió la entrada. Desde ese momento, la comunidad comenzó a rechazarlos y, en poco tiempo, les prohibieron la entrada a las sinagogas de la comunidad y no les permitieron que fueran enterrados en su cementerio. Pero los rufianes judíos, que dinero en efectivo no era un problema para ellos, no se rindieron y construyeron una sinagoga lujosa en el corazón del barrio judío de Buenos Aires. El piso térreo se dedicó a la sinagoga y en el segundo piso funcionaba el prostíbulo. Arriba pecan, y abajo se pide perdón por los pecados – todo en el mismo paquete. En el evento de inauguración de la sinagoga, los rufianes judíos salieron a la calle con los rollos de la Torá e hicieron las “hakafot” (vueltas) alrededor del edificio. Todo ello a la vista de los atribulados vecinos, que no se animaron a evitar la manifestación.

La organización “Tzví Migdal” consiguió activar durante más de 40 años, sin inconvenientes. El principal motivo de su éxito reside en el hecho de que, sus dirigentes, no titubearon en sobornar a todo aquél que podría ser considerado una amenaza a sus actividades: funcionarios de inmigración en los puertos; policías y jueces que se preocuparon de frenar todo intento de cerrar la organización, además de políticos y funcionarios de la municipalidad que proporcionaron los documentos de certificación para el funcionamiento de los prostíbulos.

La caída de “Tzví Migdal” se debe atribuir a la actitud y acción de tres personas: a una de las prostitutas judías, a un oficial de policía y a un juez. En el año 1922, embarcó Raquel Liberman, junto a sus dos hijos pequeños, en el barco “Polania”, que anclaba en el puerto de Hamburgo. El destino: Buenos Aires, donde la aguardaba su esposo, Yaacov Farber, un sastre judío que había llegado un año antes a la tierra de los gauchos para buscar sustento para su familia. Un rápido ollar en la correspondencia que intercambiaron Raquel y su marido, nos muestra que ella pensaba que la esperaba un futuro brillante del otro lado del mar. Nada la había preparado para los acontecimientos que se sucedieron más tarde. Unos meses después de su desembarcó en Buenos Aires, su marido falleció de tuberculosis. La joven viuda, se encontró de repente en un nuevo país, con dos niños pequeños y sin saber el idioma. Rápidamente llegó a una situación económica angustiante y se vio obligada a vender su cuerpo.

 

(photo) Poco después de su casamiento, entendió Raquel Liberman que le tendieron una trampa. Su nuevo marido era un sádico siniestro, que la obligó, haciendo uso de la violencia, a volver a trabajar como prostituta.

Poco después de su casamiento, entendió Raquel Liberman que le tendieron una trampa. Su nuevo marido era un sádico siniestro, que la obligó, haciendo uso de la violencia, a volver a trabajar como prostituta.

 

A lo largo de los años como prostituta en la red de “Tzví Migdal”, consiguió Raquel juntar un pequeño capital. Compró un departamento y aún montó un pequeño negocio. Cuando pretendió comprar su libertad pagando por ella, la gente de “Tzví Migdal” la engañaron. Le enviaron un hombre desconocido y carismático que la hechizó con su apariencia. Raquel se enamoró del misterioso desconocido y después de poco tiempo el hombre la pidió en matrimonio. Poco después de su casamiento, entendió que le tendieron una trampa. Su nuevo marido era un sádico siniestro, que la obligó, haciendo uso de la violencia, a volver a trabajar como prostituta.

Raquel dio un paso valiente, nacido de su profunda desesperación, y se dirigió a un oficial de policía, de nombre Julio Alsogaray, que era conocido por su honestidad. Ella le presentó una seria de pruebas contundentes contra los dirigentes de la organización. La documentación fue dirigida al Juez, Dr. Manuel Rodríguez Ocampo, que se resistió a los intentos de soborno que le ofrecieron los dirigentes de “Tzví Migdal”.

En el mes de septiembre de 1930 concluyó el juicio, que incluyó 108 cargos de acusación contra los dirigentes de la organización. “La existencia de la organización Tzví Migdal es un peligro real para nuestra sociedad”, escribió el Juez Ocampo en su veredicto, y determinó largas sentencias de encarcelamiento para los acusados. Gracias a la presión pública, fueron encarcelados cientos de proxenetas judíos y muchos fueron deportados a Uruguay y a otros países de América Latina. A fines de los años 30, se cerró definitivamente la organización “Tzví Migdal” y dejó de existir. Las cicatrices que dejó en el alma y el cuerpo de decenas de miles de jóvenes judías, ya no tenían cura.

 

Ushi Derman